Venecia (Parte 1)

3:30 de la madrugada. Suena el despertador. Sí, aunque parezca increíble, a esa hora nos levantamos el día que fuimos a Venecia. A pesar de que nuestro avión despegaba cerca de las 7, el autobús que teníamos que coger para ir a Ciampino -el segundo aeropuerto de Roma-, salía a las 4:30.
En un abrir y cerra de ojos nos plantamos en las desiertas calles de Roma y con un frío considerable. Así iniciamos nuestro viaje. Como no podía ser de otra manera, una ola de frío nos acompañó en esta incursión al norte. Seguramente si hubieramos decidido ir al sur hubiéramos sufrido una de calor. Esto solo nos pasa a nosotros.
Para no correr aventuras desagradables, habíamos ya comprado el billete. Así que a las cuatro y muy poco estábamos todo lo calentitos que podíamos dentro del autobús. Lejos de nuestra costumbre llegamos con tiempo de sobra, aunque esta sería una rara excepción.
Una vez en el aeropuerto, sacamos la tarjeta de embarque sin ningún problema. Esos sí, como era tan pronto, estaba todo cerra y el frío se colaba por todas las rendijas. Al aterrizar en Treviso, el capitán amablemente nos informó de que el tiempo era "very very cold". Vamos que hacía uno frío de mil diablos (0ºC al llegar, cuando tres días antes habíamos llegado a los 26º). Al salir del avión el frío nos abofeteó con ganas.
Teníamos reservada una habitación en Treviso. Mientras averiguábamos cómo comprar el billete de autobús para llegar a la ciudad, vimos como se ajeaba el nuestro, por lo que tuvimos que esperar al siguiente, eso sí, en el solito, que vaya frío.
Una vez en el hostal, nos tenían preparada la habitación, y eso que eran las 8:30 de la mañana, y subimos a dejar la mochila. Rápidamente emprendimos el camino a la estación de trenes. cuando llegamos comprobamos que el siguiente tren para Venecia salía en menos de cinco minutos. Si lo perdíamos tendríamos que espera una hora y media. con celeridad pregruntamos a una revisora si podíamos adquirir el billete en el tren. Nos constestó que sí, pero con un precio de 25€ (eso, en mi pueblo, es una señora multa). Apresurados tuvimos que ir a comprar el billete, regresar al andén y validarlos -picarlos-, en las máquinas del andén. Todo esto, repito, en menos de cinco minutos. Al final, a la carrera conseguimos montarnos y, acto seguido, el tren se puso en marcha.
El trayecto a Venecia no supuso más de 20 minutos y según te acercabas a la ciudad parecía que el tren iba sobre las aguas. Una pequeña carretera conecta Venecia con la tierra firme.
Al llegar decidimos hacernos con un mapa. ESta vez nos tocó pagar 2 €. Venecia es una ciudad que vive del turismo y esto se nota muchísimo en el bolsillo ( pasar una noche puede salirte como mínimo por 100€)
Nada más salir de la estación, la ciudad nos regaló la imagen del Gran Canal. Quedé atónita. Los colores bailaban, se fusionaban y mezclaban dejando tras de sí miles de destellos que conformaban una nueva imagen de la ciudad.
¡Qué hermosa es Venecia! Creo que es una de las ciudades más bonitas del mundo -aunque para otros sea Florencia, ¿verdad tío?-
La verdad es que antes de empezar nuestra visita estábamos un poco derrotados por el madrugón. Así que lo primero que hicimos fue redesayunar. Con esto repusimos fuerzas e iniciamos la ruta. Pero, he aquí una de las grandes tentaciones de Venecia: ¡sus pastelerías! A cada pocos metros te encontrabas una, a cada cual más suculenta. En sus escaparates se veían desde: strudels, pan de moro -especie de gran galleta de chocoltae y almendras-, tiramisus, taratas de ricotta y panacotta, bombones de todas las clases, turrones, tartas indescriptibles y millones de chocolates... Más de una vez se nos hizo la boca agua.
Nuestro objetivo aquel día era visitar San Marcos, La Academia, y el Peggy Guggeheim. San Marcos fue lo primero, tras el Puente Rialto. Al entrar en la basílica pudimos alejarnos de las hordas de palomas que pueblan su plaza. Me llamó la atención que la entrada fuera libre, pero lo que más me impresionó fue su interior: está completamente decorada con mosaicos bizantinos de una calidad excepcional. Resumiendo: me quedé con la boca abierta. Había estudiado algo sobre San Marcos, pero el lujo de detalles en los mosaicos y la riqueza de sus tesselas dorasds no pueden recogerse en una fotografía.
Aunque había ciertas partes que tenías que pagar. Decidimos entrar al ábside. creía que había pagado por ver más de cerca los mosaicos y unas pinturas, pero me equivocaba. Allí se encontraba la Pala de Oro, una auténtica obra maestra del cloisone. También visitamos la logia de los caballos, lo que nos dio acceso a la balconada, desde donde pudimos ver la plaza y el Gran Canal.
Después fuimos a la Academia, en donde, gracias a la tessera no tuvimos que pagar. Allí vimos cuadros de Tiziano, Tintoretto, Veronés y Giorgione.
Tras ello, tocaba comer. Mis fuerzas estaban bastante mermadas, por lo que decidimos dejar el Guggeheim para el día siguiente. Antes de ir al tren nos paramos en una pastelería a comprar strudels (una especie de patel de hojaldre relleno de miel, cabello de ángel y frutos secos). No os podéis hacer una idea de cómo estaban....
Callejeamos un poco y regresamos a la estación. A nuestro paso los gondoleros nos fueron ofreciendo sus servicios, como es típico.
Llegamos al hostal sobre las 6 con un intenso frío y ya no volvimos salir. La cena: un bocadillo de tortilla de patata preparado por nosotros.
Poco después de las 9 estábamos profundamente dormidos, reponiendo energía para el siguiente día en Venecia.


1 Comments:
jobar q envídia!! venecia.... snif snif... con lo q me gustaría a mi ir!!!
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